Las historias de alianzas entre demonios y mortales siempre han fascinado. Surgen preguntas de ¿Qué tal si es verdad? ¿Y si el diablo existe y, si se le invoca de la manera apropiada, se le puede pedir a cambio buena suerte, fortuna o, como en este caso, un talento sorprendente? Historias de estas casi siempre provienen del denominado Delta del Misisipi, en los Estados Unidos, acompañadas por música Blues y escalas pentatónicas. Pero esta vez será diferente, porque el patas, el putas, el Buziraco, se presentó en Colombia. O eso reza la historia del clan de los Zosimos, relato que conocí hace tiempo cuando leí el excepcional libro del periodista Gustavo Colorado, Crónicas del Diablo, que hoy retomo para este post. Y de paso, aproveché el espacio para escudriñar un poco más sobre cómo nace esta singular creencia, culturalmente hablando, y cómo los músicos comenzaron a alimentar este mito.
Contrario a lo que se piensa, la relación música-diablo no nace con ni con el Rock ni con el Blues, ni siquiera con el renacimiento. Dicen que es todavía más antigua, pues está anclada en cómo el mundo occidental percibe 3 cosas fundamentales de ese periodo: el cuerpo, el placer y el éxtasis, 3 cosas que la música activa de forma implícita o explícita. Ya desde el temprano siglo V San Agustín decía que el oyente de la música denominada sacra, podía en principio acercarlo a “Dios” pero luego alejarlo cuando contempla la música y no el mensaje. Dicho en otro modo, lo sensorial distrae la atención de “dios”. Poco después, bien entrado el Medievo, el protagonista es el tritono, musicalmente hablando, se trata de un intervalo musical que los monjes pensaban que era bastante inestable, perturbador, anti-natural, casi como si algo no estuviera bien dentro del universo.
Pero hasta ese momento el problema era mínimo, en algún modo. Si lo analizamos bien, la música sacra es puramente lineal, sin ritmo marcado o movido, sin cuerpo o danza, en otras palabras, la experiencia es puramente contemplativa, sensorial. Pero es posterior a todo eso cuando en Europa se introducen las músicas “profanas”, que incorporan percusión, ritmos frenéticos y repetitivos, danza, corporalidad y a veces un estado que parece trance. Dicha música provino de las tradiciones paganas africanas, árabes y algunas veces campesinas. Todo eso da forma a ese primer conjuro de ritmo + danza + placer corporal, es igual a influencia demoniaca. Recordemos que el manto de la religión cubría un sistema moral basado en el control del deseo y en ese sentidio nace la narrativa de: si algo produce tanto placer fuera de Dios, debe venir del diablo.
Cuando se analiza esto desde una dimensión psicoanalítica, el diablo representa el deseo reprimido o la ambición radical. El pacto simboliza la renuncia a la vida ordinaria. Quienes venden su alma a cambio de algo, están renunciando de paso a su identidad moral o espiritual. ¿Surge entonces la pregunta de hasta dónde estamos dispuestos a llegar por el éxito? Y acá podemos anclar otro concepto presente siempre en la literatura: el pacto fáustico, ese acuerdo con el diablo a cambio de conocimiento, talento o poder, se ha convertido en un arquetipo cultural que atraviesa la literatura, la música y el imaginario popular. Tiene precedentes que van desde el Fausto de Goethe, hasta la leyenda del cruce de caminos de Robert Johnson y el Blues del Diablo, el motivo es el mismo, simbolizar la tensión entre genio y transgresión, éxito y condena, creatividad y sacrificio moral.
De Paganini a Tartini y Liszt: el virtuosismo bajo sospecha
En el caso de músicos y artistas, la narrativa del “pacto con el diablo” funciona menos como creencia literal y más como mito explicativo del talento extraordinario, especialmente cuando este surge de contextos marginales o cuando la fama aparece de forma súbita. O sino que le pregunten al señor Niccolò Paganini (1782–1840) conocido como “Il violinista del diavolo”. Aunque, Paganini no desarrolló su talento de un momento a otro, como otros protagonistas de esta historia, él, como casi todos los músicos de su época, estudió de niño en conservatorios, pero su talento era una cosa jamás vista. Algunos historiadores del rock han hecho un puente entre Paganini y el prototipo de estrella Roquera y los argumentos principales son: que el negro era su segunda piel, pues siempre iba vestido de ese color. No dependía del estado o, en su caso, de los llamados mecenazgos de la realeza, como sí lo hicieron algunos músicos anteriores o de su generación. Giraba por toda Europa, fue una estrella mediática del espectáculo musical, muy conocida más allá de círculos estrictamente musicales y su fama generaba reacciones intensas del público, en algunas partes se cuenta que las mujeres se desmayaban en sus conciertos.
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| Il violinista del diavolo |
La figura de Niccolò es arquetípica, porque con él nace la narrativa: “Músico tan bueno, que debió haber vendido su alma al diablo”. Los que lo rodeaba pensaban esto no solo por su destreza sobrehumana con el violín o la guitarra clásica, también por esa aura demoníaca reforzada por su aspecto físico, alto, flaco y espigado, pero pálido como la muerte, dedos anormalmente largos y una mirada que transmitía la locura del genio. Paganini no se molestaba en abosoluto en negar su pacto con el bajísimo, pero tampoco en aceptarlo. Pero que la gente diga que está poseído por el diablo o por un espíritu mefistofélico, como en el Fausto de Goethe, no significa que sea verdad; sobre Paganini también se dijo mucho, tanto que quizás el único hecho real en toda su historia, es que la misma iglesia cristiana le negó sepultura. En estas mismas andanzas podemos ubicar brevemente a Giuseppe Tartini, quien soñó que el “patas” se le sentó al pie de su cama a tocar una sonata en su violín de una belleza inimaginable. Al despertar, Tartini intentó trascribir la música que soñó y así nació la famosa obra la Sonata del Trino del Diablo. Aquí el demonio aparece como fuente de inspiración artística sobrenatural y no como fruto de un pacto.
Finalmente, en este mismo aquelarre, las malas lenguas han situado a Franz Liszt. Otro Paganini, pero con piano. Prensa y clero insinuaban que su poder era diabólico. El escritor alemán Heinrich Heine acuñó el término Lisztomanie (Lisztomania), palabra medio en plan clínico y medio en plan sátira, para definir la histeria colectiva que provocaban los conciertos del pianista Franz Liszt, como si fuera una “enfermedad social”: las mujeres se desmayaban en sus conciertos, algunas se peleaban por mechones de su cabello, guardaban colillas de sus cigarros como reliquias, seguían su carruaje por las calles. Era como la Beatlemanía, pero en pleno siglo XIX. Ahora, no quiere decir que la Lisztomanía era algo satánico propiamente dicho. Fue más un término para definir un primer fanatismo musical. El “diablo”, por su parte, no era visto como algo necesariamente satánico-literal. Era más un símbolo de lo rebelde, lo prohibido, lo extraordinario. Liszt admiraba mucho a Paganini, y quiso llevar el piano a los mismos niveles mefistofélicos y tomó de Ghoete la influencia para componer la “Sinfonía de Fausto”: una obra en la que la música del tercer movimiento es sarcástica, casi diabólica en su carácter. Mefistófeles representa ironía, negación, destrucción y explora lo demoníaco como símbolo psicológico.
En un cruce de caminos: Tommy Johnson y Robert Johnson
Es super importante empezar asegurando que para la gente originaria del Delta del Misisipi, el “pacto con el diablo” no es un adorno literario, es parte del imaginario colectivo de las comunidades afroamericanas. Entre el siglo XIX y XX, derivado del proceso de colonización, se da todo un proceso de hibridación cultural y sincretismo religioso encontrándose el cristianismo bautista con las tradiciones africanas. Aquí el pacto se une al Blues, la tradición afroamericana y nace el hoodoo. Este último término cercano a la palabra Voodoo y reúne un conjunto de prácticas realizadas por los esclavos afroamericanos en los que incorporaron elementos de herboristería aborigen, amuletos, entierros, tierra de cementerio y cruces de caminos. Utilizaban estas prácticas no para hacer pactos con Satán o con demonios en el puro sentido Miltoneano, sino con espíritus mensajeros que abren caminos como el Eloguá, Esnú o el mismísimo Papa Legba. Y esto es algo totalmente documentado, investigadores como Harry Middleton, han recogido testimonios de personas que solían ir a los cruces de caminos para conjurar estos espíritus para que les concedieran el poder de tocar un instrumento, o el talento para jugar a los dados o simplemente, querían buena fortuna.
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| Tommy Johnson |
Los caminos cruzados tienen entonces una magia popular en donde los mundos se intersectan, es un lugar sin dueño, ni aquí, ni allá, es un espacio liminal. Un territorio frecuentado por espíritus mensajeros que abren puertas. Es en ese contexto cultural del mito del pacto en el Blues donde vivieron los 2 Johnson. ¿Alguien recuerda un dicho que reza primero fue lunes que martes? Porque recientemente se olvida de que al primero que se le escuchó la historia de un pacto con el diablo en un cruce de caminos, fue a Tommy Johnson. Cuenta la leyenda que fue en un cruce de caminos en la noche, cuando un hombre negro y grande se apareció para afinar la guitarra de Tommy Johnson y le dio el don de tocar. En el Delta los músicos de Blues competían por tocar en los Juke Joints, una especie de bares clandestinos en donde se escuchaba música (blues en vivo), se bailaba y se bebía alcohol. Como el de la reciente película Sinners (2025). Dicen los historiadores que fue Tommy el primero en hablar sobre un pacto con el de abajo para tocar el Blues, pero sería Robert Johnson el que solidifica ese mito, porque dicen que él sí desapareció por un par de meses y cuando volvió, pasó de ser un mediocre guitarrista a ser un guitarrista con el don del Blues. Compuso canciones con nombres de diablos: “Me and the Devil Blues”, “Hellhound my Trail” y la canción que recuenta como el Diablo le afinó su guitarra y le dio maestría musical a cambio de su alma: “Crossroad Blues” (el Blues del cruce de caminos). Otro aspecto que disparó su mito fue su repentina muerte a causa de envenenamiento por ponerse de culicaliente a querer cortejar a la mujer del prójimo. De nuevo, el pacto con Lucifer expone la narrativa de que para explicar un talento excepcional o la adquisición de una habilidad en tan poco tiempo, solo se puede lograr si se hace un trato con Don Sata, pues claro, ¿con quién más?.
La canción sin nombre fue escrita por el Diablo
Muchos investigadores señalan que la asociación blues–diablo podría tener una raíz en el racismo de la iglesia blanca al considerar al Blues como “música pagana”. Recordemos que tanto los ritmos africanos, la sexualidad, el trance y la danza, han sido motivos de demonización cultural y racial por parte de la iglesia. Son ellos más que nadie quienes han impulsado la visión del pacto con el diablo, como explicación del genio con talento incomprensible. La sociedad no lo comprende y solo queda una explicación sobrenatural. La siguiente historia tiene muchos elementos sobrenaturales y similares a las historias anteriores de alianzas con el mismísimo putas. Solo que esta vez el mandingas no se dejó ver en un cruce de caminos y la música de esta historia no es Blues. Es música con guitarra acústica, aires flamencos y percusión africana. Mezcla exótica si lo pensamos bien. Y ya no estamos en el Delta del Mississippi, sino en Jamundí, antiguo Valle. Zosimo I (el 1ro de todo un microclan) se ganaba la vida pescando y transportando viajeros de una orilla del río a otra. Una noche, cuando leía una carta de un amor perdido, bajo la sombra de una ceiba, escuchó entre la vegetación una música desconocida, cantada por una voz de un bajo pero agradable al oído. Era un hombre muy alto que de repente salió de entre la maleza e iluminado con una media luz dijo:
“Lee de día, que la noche es mía” y luego se sentó sobre una roca, acomodó la guitarra contra su regazo y empezó a entonar una canción con “ritmos andaluces y tambores africanos”, así la describe el periodista Gustavo Colorado, la “canción sin nombre” ¿o del hombre con cuernos?, tiene una la letra que parece un poema inédito de Héctor Escobar y dice así:
Cabalgo en el trueno
viajo en la tormenta.
No tengo otro amo que mi desenfreno.
Las hembras de ébano,
las damas de cobre,
los virgos sin dueño,
las damas sin hombre,
pasan por mi lecho
como en leve sueño.
Soy amo del orbe,
del oro y la lumbre,
no lo olvideís hombres:
cabalgo en el trueno,
vivo en la tormenta,
no tengo otro amo que mi desenfreno.
Mortales y dioses que veláis en vano,
no caben preguntas,
seguidme ahora mismo
o pasad de largo
hacia donde despunta
en su hondura el abismo.
La canción sin nombre, o así fue como se le conoció en el clan de los Zosimo Caicedo, una familia repartida por el Valle y el Risaralda de Colombia. Cuenta la historia que el primero de los Zosimo, embarazó a la muchacha que escribió la carta de amor que lo encontró leyendo el diablo. Cuando el 2do Zosimo nació, se dice que su papá no lo conoció personalmente, pero se enteró de que tenía actitudes para la guitarra y para amenizar las parrandas en las fondas de camino. Fue así como empezó toda una serie de correspondencia epistolar en una sola vía con su hijo. En la primera carta, le envío la letra de esta canción y pautas sobre cómo interpretarla. Se dice entonces que es gracias a su tutor desconocido, que Zosimo II se volvió prodigioso guitarrista y cantante, tanto como para animar las fiestas durante la guerra civil entre los nacientes partidos políticos colombianos. Es una pena que fuera asesinado por un marido celoso que lo acribilló a balazos de escopeta cuando lo sorprendió huyendo como Simón Bolívar en la noche, en bola y con la ropa empuñada en una mano. Se cuenta que en su funeral se corrió la voz de que las canciones que interpretaba le habían sido dictadas a su padre por un demonio llamado “Artemio”, en una plantación de tabaco cercana al río Cauca, más allá de Cartago.
Cuenta Colorado que se trató de 5 generaciones de Zosimos que se dedicaron a la música, por herencia. Cada uno seguía aprendiendo el repertorio del anterior y manteniendo el legado como por ósmosis sulfúrica. El último de los Zosimos, es decir, Zosimo V, es el abuelo de una de las fuentes de Colorado, gracias a él, se conoció esta sorprendente historia que me tomo el atrevimiento citar a quí para tod@s usd. “siguiendo el llamado de una vocación aplazada, recordó el baúl familiar forrado con latas viejas de galletas donde dormía el patrimonio familiar: una colección de canciones donde se le rendía tributo a la memoria de un antepasado llamado como él, iniciado por el diablo en los misterios de la composición musical. (...) Sin educación previa, (Zosimo V) aprendió a tocar las melodías guardadas en el baúl. Amenizando fiestas con ellas, educó cuatro hijos (...) Cuando estaba a punto de nacer el primero, en julio de 1961, en una tarde de promesas y arrepentimientos, su mujer le hizo jurar que ninguno de sus hijos llevaría su nombre. Alguien -nunca quiso confesar quién- se le acercó una noche en el bar y le dijo que Zosimo era en realidad el nombre del desconocido que había iniciado al antepasado de su esposo en las artes de la música. Lo de Artemo era una especie de pseudónimo. Una candorosa forma de disimulo. La naturaleza del pacto salía así a la luz. Yo te entrego el don de la música y a cambio tú te encargas de perpetuar mi nombre”.
Y así terminó el clan de los Zosimos y los secretos de la música de Artemio. Supongo que en este caso en particular hay un espacio tanto para el escepticismo como para la fascinación. Porque más allá de si el diablo existe o no, lo que permanece es la necesidad humana de explicar lo extraordinario. Cuando el talento desborda lo comprensible, cuando el éxito irrumpe sin una explicación evidente, la imaginación construye pactos, cruces de caminos y canciones dictadas en la noche. El demonio, entonces, no siempre es una entidad literal, sino un símbolo del deseo, de la ambición y de la transgresión que toda creación implica. Tal vez el verdadero pacto no sea con un ser sobrenatural, sino con el riesgo de ir más allá de los límites impuestos por la moral, la religión o la tradición. Y en ese cruce, entre miedo y admiración, nace el mito que une para siempre música y misterio.






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